domingo, octubre 18

Abuso sexual contra menores: psicóloga alerta sobre el silencio de las víctimas

La prevención y la detección temprana requieren que padres, familiares, educadores y otros adultos estén atentos a señales que pueden pasar inadvertidas

Los reportes de nuevos casos de abuso sexual contra menores de edad en República Dominicana han vuelto a colocar bajo atención una problemática que representa una de las formas más graves de violencia contra niños y adolescentes.

Más allá de las investigaciones y los procesos judiciales que se activan después de una denuncia, estos casos también plantean interrogantes sobre las razones por las que una víctima puede permanecer en silencio durante meses, años o incluso hasta llegar a la adultez antes de contar lo ocurrido.

La psicóloga Heidy Camilo advierte que una de las dificultades para enfrentar este tipo de situaciones está relacionada con la manera en que determinados comportamientos pueden llegar a ser normalizados dentro del entorno de un menor. En esas circunstancias, un niño o adolescente puede no comprender que está siendo víctima de una conducta abusiva o puede interpretar que se trata de algo que debe mantenerse en secreto.

El silencio también puede estar relacionado con el temor, la confusión, la manipulación o la influencia que ejerce una persona adulta sobre el menor. Por esta razón, la ausencia de una denuncia inmediata no significa necesariamente que un hecho no haya ocurrido o que la víctima haya tenido la capacidad de identificar y comunicar lo sucedido en el momento.

Camilo llama la atención sobre la importancia de que los adultos conozcan las señales que pueden acompañar una situación de abuso y mantengan espacios de comunicación en los que los menores puedan hablar sin sentirse culpabilizados o cuestionados. La confianza y la escucha pueden ser elementos importantes para que un niño o adolescente se sienta en condiciones de contar aquello que le preocupa.

La prevención también implica enseñar a los menores, de acuerdo con su edad, a reconocer situaciones que vulneren sus límites personales y a identificar a los adultos de confianza a quienes pueden acudir cuando algo les genere miedo, incomodidad o confusión.

En este contexto, la detección temprana representa uno de los principales desafíos. Cambios repentinos en el comportamiento, aislamiento, temor hacia determinadas personas o lugares y otras modificaciones en la conducta pueden requerir atención, aunque por sí solas no constituyen una prueba de abuso.

El abordaje de estos casos requiere además evitar responsabilizar al menor por lo ocurrido. La responsabilidad corresponde al adulto que ejerce la conducta abusiva, mientras que la intervención de familiares, autoridades, profesionales de la salud mental y del sistema de protección debe estar orientada a garantizar la seguridad y el bienestar de la víctima.

La preocupación generada por los casos denunciados vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de fortalecer la educación preventiva, la orientación a las familias y los mecanismos de detección y denuncia. La protección de niños y adolescentes depende no solo de la actuación de las autoridades después de un caso, sino también de la capacidad de los adultos para reconocer señales de alerta y crear entornos donde los menores puedan hablar y ser escuchados.

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