
Programas de capacitación en oficios han permitido que internos encuentren nuevas oportunidades laborales y reduzcan los niveles de reincidencia
Cada mañana, el aroma del pan recién horneado sale desde la Fortaleza Juana Núñez, en Salcedo, anunciando el inicio de una rutina que para muchos privados de libertad representa mucho más que trabajo: una oportunidad para reconstruir sus vidas.
Dentro del recinto penitenciario, decenas de internos participan en talleres de panadería, ebanistería, herrería, agricultura, peluquería y otras áreas técnicas que buscan prepararlos para su regreso a la sociedad. Allí, el aprendizaje de un oficio se convierte en una herramienta de transformación personal y profesional.
Uno de los casos destacados es el de José Miguel, quien durante su permanencia en prisión aprendió ebanistería y logró costear estudios universitarios en Derecho gracias a los ingresos obtenidos en el taller. Su proceso de rehabilitación incluso le permitió obtener permisos para estudiar y trabajar fuera del recinto.
El programa también ha servido para crear una pequeña economía interna. Los privados de libertad elaboran productos, reciben encargos de clientes externos y generan ingresos que son distribuidos entre ahorro, gastos personales y aportes al centro penitenciario. Esta dinámica busca fortalecer la preparación para la vida después de la condena.
Según datos ofrecidos por las autoridades del recinto, al menos 23 internos han egresado durante la última década con formación técnica en distintas áreas, mientras que los niveles de reincidencia entre quienes participaron en los programas se mantienen en apenas un 2 %.
Las historias de exinternos que hoy trabajan o han creado sus propios negocios reflejan el impacto de estas iniciativas. Más allá de las limitaciones y desafíos que enfrenta el sistema penitenciario, los programas de capacitación continúan demostrando que la educación, el trabajo y el acompañamiento pueden convertirse en herramientas fundamentales para la reinserción social.
