
Abogada especialista en violencia de género
Una de las preguntas que más escuchamos cuando ocurre un caso de violencia de género es: “¿Por qué ella no se va?”. Esta reacción es frecuente, pero también refleja el desconocimiento que aún existe sobre las consecuencias psicológicas del maltrato. Comprender por qué una víctima permanece junto a su agresor es fundamental para dejar de juzgarla y comenzar a acompañarla.
Una de las explicaciones es el vínculo traumático, una conexión emocional muy fuerte que puede desarrollarse entre una víctima y su agresor como consecuencia del ciclo de la violencia. Este vínculo se construye a través de tres fases: una primera etapa de tensión, seguida por la agresión y, posteriormente, una fase de aparente reconciliación, conocida como “luna de miel”.
Después de una agresión, es común que el agresor se muestre arrepentido, pida perdón, prometa cambiar y tenga gestos de afecto. Estas conductas generan en la víctima una esperanza constante de que la violencia no volverá a repetirse. Sin embargo, con el tiempo, el ciclo vuelve a comenzar y suele hacerlo con mayor intensidad.
A medida que este patrón se repite, la víctima puede llegar a justificar las agresiones, minimizar su gravedad e incluso sentirse responsable de lo ocurrido. Esto no sucede porque le guste sufrir o porque sea una persona débil. Ocurre porque la manipulación, el miedo, el control y el desgaste emocional afectan profundamente su capacidad para tomar decisiones y romper la relación.
Las consecuencias de la violencia de género no se limitan a las lesiones físicas. Muchas víctimas desarrollan ansiedad, depresión, pérdida de autoestima, sentimientos de culpa, aislamiento social y una fuerte dependencia emocional hacia su agresor. Estas secuelas pueden hacer que abandonar la relación resulte mucho más difícil de lo que parece desde fuera.
Si comprendemos cómo actúan estas consecuencias psicológicas, podremos entender por qué muchas mujeres permanecen en relaciones violentas, a pesar de que desde el exterior algunas personas afirmen, equivocadamente, que “si sigue con él es porque quiere”, “porque le gusta que la maltraten” o que “es masoquista”. Nada más lejos de la realidad. En la mayoría de los casos, estas conductas son el resultado del trauma provocado por años de violencia, manipulación y miedo.
Las secuelas del maltrato son profundas. Las heridas físicas pueden sanar con el tiempo, pero las heridas emocionales suelen permanecer durante mucho más tiempo si no reciben la atención adecuada. El maltrato psicológico, en particular, actúa de forma silenciosa. Se instala poco a poco, casi sin que la víctima lo perciba, hasta deteriorar su autoestima, su seguridad y su capacidad para reconocerse como una persona con derecho a vivir libre de violencia.
Por eso, es fundamental aprender a identificar cuándo una mujer se encuentra atrapada en el ciclo de la violencia. Salir de él no es una decisión sencilla ni inmediata. Requiere apoyo, comprensión, protección y el acompañamiento de una red que le permita reconstruir su vida sin sentirse sola ni en peligro.
La verdadera solución no comienza cuando ocurre la agresión. Comienza mucho antes: educando en el respeto, la igualdad y las relaciones sanas; enseñando que el amor nunca se expresa mediante el control, el miedo o la violencia; fortaleciendo las instituciones que protegen a las víctimas y construyendo una sociedad que responda con empatía en lugar de prejuicios.
La pregunta no debería ser “¿Por qué una víctima se queda?”, sino “¿Qué estamos haciendo, como sociedad, como familia o como amigos, para que pueda irse sin poner en riesgo su vida?”. Solo cuando cambiemos esa mirada estaremos dando un verdadero paso hacia la prevención y la erradicación de la violencia de género.
Por Julissa Rojas
