
“El tiempo pasa, todo queda; es mejor permanecer que desaparecer.”
Vivimos en una época donde la desesperación silenciosa se ha convertido en parte de la vida cotidiana de muchos dominicanos. Una sociedad acelerada, cargada de presión social, comparación constante y necesidad de aceptación, está provocando una crisis emocional cada vez más visible, especialmente entre los jóvenes.
No es casualidad que el Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología (MESCyT) haya colocado la Psicología entre las carreras más estudiadas en las universidades del país. Tampoco es coincidencia que miles de jóvenes hoy acudan a terapias psicológicas buscando respuestas, estabilidad emocional o simplemente un espacio para poder respirar en medio del caos social que vivimos. Las generaciones Millennial, Z y Alfa enfrentan un mundo completamente distinto al de décadas anteriores. Un mundo donde las redes sociales han impuesto estándares casi imposibles de alcanzar y donde el deseo de pertenecer se ha convertido en una necesidad emocional peligrosa. En la República Dominicana, las diferencias sociales siguen marcando profundamente la percepción humana. No se observa igual al que maneja un carro que al que conduce una jeepeta. No recibe el mismo trato el joven rubio de ojos claros que el trigueño de pelo crespo. Tampoco se valora de la misma manera a la mujer natural que a la mujer operada o que cumple con los estándares físicos impuestos por la sociedad.
Vivimos en un entorno donde muchas veces la apariencia tiene más peso que los valores, la esencia o la preparación. Las marcas de ropa, los restaurantes que frecuentas, el sector donde vives o incluso la imagen que proyectas en redes sociales parecen definir tu valor frente a los demás. Y cuando una persona siente que no logra encajar dentro de esos parámetros sociales, comienza a experimentar frustración, ansiedad, vacío emocional y desesperación.
Ahí es donde nace la crisis existencial que hoy afecta a tantos jóvenes dominicanos. Estamos formando generaciones emocionalmente agotadas, presionadas por aparentar felicidad mientras luchan internamente con inseguridades, depresión y miedo al rechazo social.
La realidad es que nadie debería sentir que vale menos por su físico, su nivel económico o su estilo de vida. Sin embargo, la sociedad moderna parece empujar constantemente a las personas a competir entre sí, a compararse y a vivir buscando validación externa. Y ese es el gran peligro de nuestra época: cuando una sociedad comienza a preferir desaparecer antes que permanecer. Hoy más que nunca necesitamos construir una cultura que valore más la salud mental, la autenticidad y la dignidad humana por encima de las apariencias. Porque al final, permanecer siendo uno mismo siempre tendrá más valor que desaparecer intentando ser aceptado por los demás.
Por Raymond Peralta
